Una pregunta ésta que todos deberíamos formularnos y que, seguro, la mayoría lo ha hecho alguna vez, aunque sea sin percatarse de ello. A veces, lo mucho que nuestra casa nos ofrece lo descubrimos con el paso de los años, otras a más corto plazo, pero seguro -que sea lo que sea- siempre nos sorprende. De esto hemos hablado en más de una ocasión aquí, en el blog, de lo mucho que te da y te aporta tu hogar y -cómo hice la semana pasada- hoy os traigo otro ejemplo de ello en formato literario. Es un nuevo pasaje del libro que os mencionaba hace unos días y que ya estoy a punto de terminar: “Cosas que ya no existen” de Cristina Fernández Cubas. Os animo a leerlo porque merece mucho la pena. Igual que los recuerdos que comparte, en este caso, sobre lo mucho que su casa ha marcado su vida. Si alguien duda de que esto pueda ser así, le reto a que siga leyendo ¡hasta el final!, que lo bueno siempre se hace esperar…

“El tiempo, el día a día, fue el decorador inimitable de aquella pieza. Las paredes estaban recubiertas de libros, con ocasionales deserciones para dejar sitio a un piano, a maquetas de bergantines y galeones, […] a un par de sofás, a objetos raros y preciosos que quizá no lo fueran tanto y su aparente belleza y singularidad naciera únicamente de lo atinado de su disposición, del mismo entorno. Había también dos o tres muebles rebosantes de discos, cuya función original no acierto a adivinar, pero que, intuyo, nada tenía que ver con la que se les había asignado, y a los que mi madre miraba a veces con cierta melancolía. Tal vez su idea inicial de salón chocaba con la imparable voluntad expansiva de las aficiones paternas, pero me inclino a pensar que, pese a todo, ella también lo encontraba único, incomparable. […]

Pero fuimos creciendo, y el salón, a su manera, también lo hizo. Cada vez nos parecía más fascinante y, aunque seguíamos sin ostentar el menor derecho, terminamos por considerarlo un poco nuestro. En cierta forma lo era. […] 

Supongo que allí fue donde aprendí a bailar, a fumar mis primeros cigarrillos sin atragantarme, a echar el humo por la nariz, a contemplar el mar, el puerto… […] El rumor de las olas, audible en casi toda la casa, formaba parte del cuarto prohibido y, en días de temporal, era fácil creerse en un barco […] No hacía falta imaginación. El entorno ayudaba”.

Y a estos recuerdos de juventud en aquella estancia, en aquél salón repleto de libros… la autora añade más adelante éste otro. El que le reveló lo mucho que su salón le había dado:

“Era principios o finales de verano, mis padres estaban descansando en la montaña, a los amigos se les ocurrió visitarme de improviso y, libre la casa de autoridades, les recibí en el salón. Uno de ellos, un amigo mallorquín, ceremonioso e incondicional de la literatura rusa, dijo nada más entrar: “¡Qué biblioteca!” […] Al despedirse, de nuevo dijo algo sobre la biblioteca, echó una ojeada a las estanterías, al cuadro de mi madre, al balcón que daba al mar. “Ahora”, concluyó con visible satisfacción, “te comprendo mucho mejor”. ¿Qué había querido decir mi amigo con aquellas palabras? Lo intuyo, pero no lo sé […]

Y debió ser entonces, en esos años entre la adolescencia y la primera juventud […] cuando me di cuenta de algo fantástico, inesperado, sorprendente. La biblioteca era mi mejor vestido. Un arma infalible de seducción. Aunque no la hubiera diseñado yo ni pudiera desenfundarla siempre que quisiera. Pero ahí estaba. Siguiéndome allá adonde fuera. Certera -tuve ocasión de comprobarlo con posterioridad a aquel día-, pero, sobre todo, implacable y selectiva. Aquellas cuatro paredes, aquella atmósfera tan querida, fascinaba sólo a las personas a las que yo deseaba fascinar. ¿Se le puede pedir algo más a una biblioteca? ¿A un salón? ¿A un traje de fiesta?”.

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Y transcrito semejante texto y contenido no puedo añadir nada más.

4 Comments

  • 24 septiembre, 2013 Responder

    Gloria Conde

    Hola Bea, te quiero hacer una consulta. El flexo de pared que aparece en la segunda foto ¿sabes dónde lo podría comprar? igual o con sistema similar. Me vendría fenomenal para el salón de mi casa de Toledo.

    • 24 septiembre, 2013 Responder

      Bea Atienza

      Hola Gloría! Sí, mira, es un modelo Lampe Gras. Un diseño estupendo!!. Puedes encontrar la exacta aquí:
      http://lampegras.fr/

      Ya me contarás qué tal te queda!! Un beso muy fuerte.

  • 29 septiembre, 2013 Responder

    Atitan

    Leyendo este pasaje he vuelto a la infancia y juventud de mi casa. En la infancia, nuestro cuarto de jugar estaba lleno de libros infantiles y según fuimos creciendo había libros de todo tipo (al ser muchos hermanos había para todos los gustos)y eso era genial, se leía sobre cualquier tema y entrar en cada habitación era genial, todo ello semejaba a una biblioteca y siempre, siempre llana de gente. ¡Gracias por transpórtame a esos momentos!
    Me encanta este blog.

    • 29 septiembre, 2013 Responder

      Bea Atienza

      Me alegro que este pasaje te haya traído tantos recuerdos y que los hayas compartido en el blog. Un placer! Y qué gusto una casa llena de hermanos! ;P
      Un abrazo y gracias.

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